Divulvadoras de la historia
@divulvadoras
Podcast de Isabel Mellén y Naiara López de Munain en el que exploraremos el pasado para entender nuestro presente con las mejores expertas y sin perder el sentido del humor.
Sin embargo, su papel en la paz es imprescindible y fundamental, porque se conoce gracias a varios estudios de universidades internacionales que cuando ellas participan en los procesos de paz ésta es un 35% más duradera y efectiva.
Las mujeres, dado que conocen bien el papel de víctimas que suelen tener en los conflictos, en ocasiones se preparan para la guerra cuando comienzan las escaladas de violencia. Por ejemplo, tomando anticonceptivos.
Las mujeres funcionan, en contextos tanto de paz como de guerra, como cohesionadoras, como las que sostienen la familia y la comunidad. Por eso, atacarlas implica generar un fuerte un desequilibrio y desestabilizar una sociedad.
Además de la violencia sexual específica que reciben las mujeres, los ejércitos las atacan junto con las niñas y niños porque representan el futuro, amplificando mucho más el daño y evitando el desarrollo de un pueblo en las próximas generaciones.
En la actualidad las mujeres siguen participando en la guerra, pero especialmente cumpliendo el papel de víctimas. Las mujeres, junto con la infancia, son los principales objetivos militares, a pesar de que tratan de justificarnos constantemente que se trata de daños colaterales.
La logística es una cuestión imprescindible en toda guerra. Alimentar a la hueste, desplegar los campamentos, orquestar el traslado de las tropas y vigilar el personal de la retaguardia era fundamental y, en esas tareas, también encontramos a las mujeres presentes.
También hacen falta personas que dirijan y orquesten las batallas. Las reinas y damas de la nobleza ejercían el puesto de mando de forma habitual e incluso encontramos a consejeras bélicas inesperadas, como Hildegarda de Bingen, que asesoró a reyes y emperadores.
La táctica militar y la teoría bélica son necesarias para saber desplegar las tropas en el terreno, articularlas y trazar estrategias que conduzcan a la victoria con el menor número de bajas posible. Pensadoras como Christine de Pizan escribieron tratados sobre la guerra.
La cara más visible de la guerra son las personas que acuden pertrechadas para la batalla. Pero una contienda no puede desarrollarse sin una serie de labores que, aunque menos visibles, son imprescindibles. Y en todas ellas, en la Edad Media, encontramos mujeres.
El hecho de que existiera un término para referirse a ellas implica que era una realidad más común de lo que pensamos. Hasta tal punto que el personaje de la doncella guerrera, arquetipo literario, se expandía por múltiples culturas del mundo y traspasaba el marco del mito.
Las mujeres virago eran aquellas que, en la mentalidad medieval, tenían algunas características consideradas masculinas. Mujeres aguerridas, que transgredían las barreras del género y que adoptaron roles considerados propios de hombres.
Sabemos de varias mujeres que, vestidas de hombre, se lanzaron a la batalla en el período medieval en diferentes partes del mundo, y todas ellas tienen algo en común: eran mujeres virago.
Si pensamos en guerreras medievales, es posible que nos venga a la cabeza Juana de Arco, heroína de la Guerra de los Cien Años y figura central de la historia francesa. Sin embargo, ella no es, ni mucho menos, una excepción.
Para calmar un poco los ánimos, nos pondrá música y voz la maravillosa Eder Portolés, que nos dejará la puerta abierta a la esperanza.
Después, nos enfundaremos el chaleco antibalas de prensa para acompañar a la periodista de guerra @masteson.bsky.social en sus investigaciones sobre los conflictos bélicos con perspectiva de género.
En primer lugar nos pondremos la cota de malla para luchar en las guerras medievales comandadas por la historiadora Agata Ortega Cera.
Se escuchan tambores de guerra y no queremos que nos pille desprevenidas. Por eso vamos a analizar las guerras de ayer y de hoy desde el punto de vista de las mujeres que participaron activamente en ellas o que las sufren directamente en sus carnes.
Este julio y agosto seguiremos haciendo Divulvadoras de la Historia para todas vosotras y que no nos echéis de menos, pero no todo va a ser currar para nosotras este verano... 😎
Y, sin embargo, sin ropa de cama y espacios limpios, no podría existir todo lo demás.
Pero también piden respeto, jubilaciones anticipadas y que la sociedad considere su trabajo desde la dignidad. Se dedican a una de las tareas más importantes, la de los cuidados, perpetuamente menospreciada e infravalorada dentro de la lógica capitalista y patriarcal.
Reclaman formación reglada para desempeñar esta tarea, dado que manejan sustancias químicas que pueden resultar peligrosas y, además, tienen que hacer un esfuerzo físico considerable para el que hay que tomar ciertas precauciones.
La lucha de las kellys va mucho más allá de un incremento salarial o de una mejora en las condiciones en las que tienen que realizar su trabajo. Además de eso, también reivindican un reconocimiento público de su tarea y una mayor profesionalización.
Si hay unas dignas herederas de las lavanderas en nuestro tiempo, esas son las kellys. Ambos colectivos se dedican profesionalmente a los cuidados, transportan cargas de ropa muy pesadas, tienen enfermedades asociadas a su trabajo y unas malas condiciones laborales.
Tanto las cuestiones higienistas como las morales condujeron a la creación de los lavaderos a finales del siglo XIX como un espacio segregado y normalmente cubierto en el que las mujeres podían lavar resguardadas de las miradas masculinas.
Para aclarar en la fuente, las mujeres se remangaban la ropa, se subían las enaguas y se agachaban mostrando el escote. Debido al desorden público que suponía según las autoridades del momento, se establecieron prohibiciones y multas específicas para mujeres.
En primer lugar, se esgrimía que los jabones podían contaminar el abrevadero donde bebían los animales, construido normalmente junto a la fuente. Sin embargo, había otras cuestiones relacionadas con la estricta moralidad sexual del XIX que van más allá del higienismo.
Pero, con la traída de las aguas al centro de los pueblos y ciudades durante el siglo XIX, las mujeres aprovecharon para ahorrarse el trayecto lavando en las fuentes, lo cual derivó en algunos problemas de orden público.
Los espacios de trabajo de las lavanderas fueron muy variados a lo largo del tiempo. Tradicionalmente, habían desempeñado la ardua labor del aclarado en corrientes de agua naturales, como ríos o riachuelos.
Esta tarea la podían realizar tres tipos de mujer. Las que tenían esta labor como una más de las tareas domésticas; las criadas, que lavaban la ropa para sus señores; o las lavanderas profesionales, que lavaban para hospitales, conventos, cuarteles militares o clientela habitual.
Después se colocaban las prendas al sol para activar el poder desinfectante de la lejía y, tras ello, se llevaban al lavadero, al río o a la fuente para su aclarado. Si quedaban manchas, se aprovechaba para repasarlas con cepillos, jabón duro o añil. Luego se tendían al sol.